lunes, 31 de mayo de 2010

Donde habite el olvido

Así dice un verso de mi queridísimo Bécquer. Y no se me iba de la cabeza lo acertado que me parecía.

Desde hace un tiempo camino y camino, y siempre llego al mismo punto, en parte porque allí es donde acaba el camino y en parte también porque hasta ahora no me había apetecido empezar uno nuevo.
Hasta llegar allí mi mente trata siempre un mono tema, especie de circulo vicioso... La sensación de vació, de no llegar a sentir nada, de tedio, ya ni siquiera dolor o pena, que al menos te hacen sentir vivo, tampoco alegría, ni entusiasmo, apenas una tímida espectación en que me deparará el futuro.
Y entonces una vez más, y como el resto de mis últimos días, llego a ese lugar y espero unos minutos hasta que las pequeñas patas de mi perro y su increíble vaguería le permitan llegar hasta mi. Yo mientras tanto observo, como si hiciese años que no lo hubiera hecho. Oigo el sonido que provoca el viento en la avena loca que ha crecido durante los últimos meses, miro con cariño las viejas y robustas encinas colocadas casi adrede en las pequeñas colinas que demomento siguen siendo verdes y que tras el cristal de mis gafas están algo desdibujadas lo que le da un toque aun más bucólico.
Allí sola, tranquila, sin nadie a quien esperar, sin nadie que me espere, al fin encuentro paz y día tras día parece quedarse allí una parte de la carga que he estado llevando hasta ahora.
Sin preocuparme entonces ni el futuro sólo deseo que pase lo que pase aquel lugar perdure como hasta entonces lo ha hecho. Para que pase lo que pase y este donde este pueda volver y sentirme, encontrarme, y ser capaz de nuevo de concentrarme en... todo, en nada, en mi.
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